Amazing Stories, creada por Hugo Gernsback, fue la primera revista
de Ciencia Ficción, y estuvo basada en un inicio, por la narrativa
de Verne y Wells. Se publicó por primera vez en 1926
En el campo de la Ciencia Ficción, Julio Verne podría ocupar perfectamente el puesto de los hermanos Montgolfier (como Samosata, Bergerac y tantos otros clásicos de la Ciencia Ficción protohistórica
podrían ocupar el puesto de Leonardo Da Vinci, siguiendo con el símil). De hecho, Verne nunca fue realmente un escritor de Ciencia Ficción, tal como entendemos hoy el género, y tampoco
pretendió serlo. Sí fue, y esto nadie puede negárselo, un gran escritor de «aventuras científicas», el mejor (o el más conocido) de su tiempo. Su asociación con el editor Hetzel y su contrato para
escribir sus Viajes Extraordinarios condicionó en gran manera su literatura, hasta el punto que algunos han llegado a preguntarse, quién fue el responsable, en el fondo, de las temáticas de sus
obras, si su imaginación y su talento de autor o las exigencias de un editor y las demandas de un público que habían descubierto en él (y esto hay que reconocerlo con un floreo de nuestros
sombreros) ese «sentido de la maravilla» que más tarde formaría el espíritu de lo que muchos pretenden que debe ser la Ciencia Ficción.
Julio Verne estuvo condicionado, como todos los escritores, por el tiempo en que vivió. Nacido en Nantes en 1828, hijo de un famoso abogado, sus impresiones de infancia del bullicioso puerto a orillas del
Loira condicionaron sin lugar a dudas su posterior interés literario por los asuntos del mar. Del mismo modo, es lógico también que, inmerso de lleno en plena revolución industrial, ante el gran impulso que
el ferrocarril trajo a los transportes y las comunicaciones, la modernización de la industria textil al desarrollo de la industria, y la electricidad o todos los sueños de futuro, Julio Verne viera en el maquinismo
imperante la panacea del porvenir. Al hombre del siglo XIX se le abrían por primera vez los horizontes de lugares lejanos, con sus maravillas hasta entonces desconocidas: «aquí hay tigres». Y la técnica, que
no la tecnología, tendía a acercarlos cada vez más a los hombres de la calle. El futuro, lejos aún de los grandes problemas surgidos en el siglo XX, apuntaba esplendoroso. Pero el noventa y nueve por ciento
de la Humanidad sólo podía ver este progreso de lejos, como espectadores. Muy poca gente podía viajar. Sin embargo, gracias a los progresos de la imprenta, cada vez más gente podía ser partícipe de los
viajes de los otros. Era como gozar de todos los privilegios a través de la mente de otros.
Así se produjo el gran éxito de la literatura de aventuras, de viajes y de maravillas del siglo XIX. Julio Verne se apuntó a ella con singular fortuna. Es sintomático que, tras algunos escarceos infructuosos en la
comedia en verso y en la ópera cómica (¡más de veinte obras, la mayor parte de las cuales siguen aún sin publicarse!), el primer gran éxito editorial de Verne, de la mano ya de Hetzel (su primera colaboración),
fuera Cinco semanas en globo, donde se mezclaba las aventuras y los viajes con la apología de una ciencia aún muy nueva: la aerostática. Ya antes había hecho algunos intentos al respecto, como con su
relato Un viaje en globo, que había pasado completamente desapercibido y que no obtendría éxito hasta más tarde, cuando ya era conocido, con el nuevo título de Un drama en los aires.
Pero Hetzel, un editor especializado en literatura juvenil (curioso calificativo en aquella época, en la que la literatura juvenil llegaba hasta un público de cuarenta años), sabía muy bien lo que querían sus lectores.
Su contrato con Verne, que obligaba a éste a escribir varias obras al año (se habla de tres, pero en general parece que eran dos, y Verne estableció un ritmo de una durante los muchos años de su colaboración),
especificaba el tipo de obra que quería: «aventuras científicas», que despertaran la imaginación del lector, lo llevaran hacia sitios exóticos y lo dejaran pasmado ante las maravillas técnicas y ambientales presentadas.
Así nacieron las grandes obras que forman hoy el fondo de la literatura verniana: Viaje al centro de la Tierra, De la Tierra a la Luna, Veinte mil leguas de viaje submarino. El elemento «científico», sin embargo, no
está siempre presente, y muchas veces Julio Verne se atiene solamente a sus otros dos condicionantes: la aventura y los escenarios exóticos. Así nacen también: Las aventuras del capitán Hateras, Una ciudad flotante
(consecuencia de un viaje a América en el Great Eastern, considerado por aquel entonces como el mejor trasatlántico del mundo), Miguel Strogoff, La vuelta al mundo en ochenta días (donde pese a todo incluye un
elemento científico en ese día ganado que le hará ganar la apuesta al protagonista gracias a viajar en el mismo sentido de la rotación de la Tierra), Aventuras de tres rusos y tres ingleses, La jangada y tantas otras
cuya relación se haría interminable.