J. R. Kazallon, narrador de un naufragio
por Cristian Tello. Agosto de 2007
Los críticos entendidos han señalado repetidamente la falta de consistencia psicológica de los personajes de Verne. Pero ese aparente defecto forma parte del arte de novelar
del autor, ya que en muchas ocasiones la intriga argumental descansa precisamente en ese carácter enigmático, impreciso o desconocido del personaje, que se nos
presenta envuelto en un aura de misterio y hermetismo inherente al relato.
Por otra parte, el personaje en Verne tiene en buena medida un carácter funcional, es el motor o guía de la acción, pero el eje de la novela es siempre la
aventura. Podemos hallar en la vasta obra verniana una variada galería de tipos cuyos rasgos se repiten en distintos personajes, con frecuencia escasamente individualizados.
La tormenta se encuentra en todo su apogeo. El viento ha pasado al estado
de huracán, y las olas, que son terribles, amenazan con destrozar la balsa
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En el Chancellor, la tendencia de enjuiciar como esquemáticos a los personajes de Verne se hace claramente patente. El narrador aborda a los
pasajeros del barco, y los clasifica y define al primer golpe de vista. En su tratamiento, Verne recurre a un método que le es muy común: la interpretación psicológica a partir de los rasgos físicos.
Este método hace que a cada uno de los protagonistas se le adjudiquen unas cualidades, a partir de las cuales se explicará su comportamiento, y teniendo en cuenta las durísimas
pruebas a las que deberán someterse los náufragos del Chancellor, se hacía necesario la presencia de alguien que lleve sobre sus hombros la responsabilidad de dirigirlos.
Robert Kurtis, acaba de agarrar un hacha y, levantando la mano golpea.
Pero Owen se lanza a un lado, y el hacha alcanza a Wilson en todo el pecho
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El capitán Huntly, quien es presentado como un hombre que carece de la entereza y energía que un puesto como el suyo exige, le cederá el mando del Chancellor al segundo de abordo, Robert Kurtis,
«un hombre de treinta años, bien constituido, con una gran fuerza muscular, siempre en actitud de acción, y cuya voluntad vivaz parece estar dispuesta a manifestarse sin cesar a través de sus actos.»
Robert Kurtis acaba de subir en este momento a la cubierta y lo observo atentamente -dice J. R. Kazallon- «Me sorprenden su potencia y su expansión vital. El cuerpo rígido, el aspecto
desembarazado, la mirada soberbia». El segundo es por tanto bajo esta óptica «un hombre enérgico, y debe poseer ese frío coraje indispensable al auténtico marino, aunque es al mismo tiempo un ser bondadoso»,
y su comportamiento en la novela va a responder a este juicio inicial del narrador de las notas del viaje, cuando deba de liderar al grupo de náufragos a afrontar las penurias del hambre, la sed y las terribles
condiciones climáticas como las tormentas, tempestades, el ataque de los tiburones, e incluso cuando tenga que afrontar una rebelión a bordo para destituirle del mando.